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No son un relato, ni tan siquiera realidad. Simplemente el reflejo de lo que, aquí y allá, podría ocurrir en Navidad. Historias a pie de calle, de amor fraternal, paterno y pasional. Pequeños y sutiles atisbos de vidas ajenas y al mismo tiempo cercanas.

Quisiera agradecer a Anne, por su idea e invitación. En parte, esto ha sido idea tuya. Gracias y feliz Navidad.

            Natalia, Elena y Sofía caminaban alegres por la calle. No tenían nada mejor que hacer; pero al mismo tiempo no existía nada que superara aquello. Andar hacia ninguna parte, hablar de nada en concreto. Sólo reír a carcajadas, hasta que les doliera la tripa y las lágrimas asomaran por las esquinas de sus jóvenes ojos. Toda una tarde por delante. Una de las muchas que pasarían juntas.

Perderse entre las iluminadas calles y aspirar el olor a castañas. Tropezar con decenas de personas que, apresuradamente, se dirigen en la busca de un pequeño o gran detalle que obsequiar. A última hora, pero con la mayor ilusión. 5 de enero. Día de sonrisas y prisas.

            Vestido con un pantalón de chándal de domingo y unas pantuflas viejas, Telmo entró en el salón. Papá, mamá, el abuelo, Nuria y el pequeño Óscar estaban ya a la mesa. Una cena sencilla, fruto de la poca experiencia culinaria que tenía que el pater familias.

Lo que en una Nochebuena normal hubiera sido una gran cena en una mesa repleta de las mayores exquisiteces y los guisos caseros más suculentos, se presentaba como una tranquila velada, rodeado de su familia más cercana. Ahora mismo, nada estaba como para tirar cohetes, y es que con la situación laboral de papá y la virulenta gripe que atacaba a mamá estos días, la Navidad se presentaba difícil.

Poco importaba todo aquello. Telmo sabia rodearse de quien verdaderamente quería; sus 25 años le habían enseñado lo que verdaderamente vale la pena. Los brillantes ojos del pequeño al adivinar bajo el papel de celofán el teledirigido deseado; una mirada intensa y fugaz que papá regalaba a su querida; un abrazo cálido entre Nuria y el abuelo. El cariño se había sentado con ellos a la mesa. Dorada, rojiza, luminosa y llena de felicidad.

            Escuchó con avidez la neutral voz por el megáfono del aeropuerto. Tres horas después de lo previsto, un avión que venía de Madrid aterrizaba con dificultad, debido al vendaval y las incesantes nevadas que azotaban Estocolmo. Estaba siendo la Navidad más fría y difícil que se recordaba en los últimos 25 años.

Teresa pasaba las vacaciones en Suecia. Un programa Erasmus que se había alargado más de lo previsto y vuelos demasiado caros en esas fechas tan especiales.

Los pasajeros comenzaron a salir con pesadas maletas. Besos y abrazos en idiomas desconocidos. Pero una lengua oficial se respiraba en aquella fría Nochevieja. Lágrimas y sonrisas copadas de felicidad; de un echar de menos demasiado profundo.

De repente lo vio de lejos; pelo rubio revuelto, ojos grandes y vivos, y aquel porte que le cortaba la respiración desde el primer día en que él la besó, meses atrás, en la esquina de Goya con Príncipe de Vergara.

Lucas corrió hacia ella, soltó la diminuta maleta que llevaba y la abrazó, recordando en un instante su olor, su pelo, la efusividad de sus besos y el latido incontrolable que ella le hacía sentir en el pecho.

Definitivamente iban a ser unas mágicas Navidades.

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